llegué aquí con 21 años, un saco de ilusiones, infinitas ganas de independencia y poco más.
recuerdo la primera vez que entré a esta casa, sus suelos negros, estas paredes irregulares, con sus antiguos papeles grises y heterogéneos descolgándose por ellas perezosamente. el olor a viejo, las ventanas que no dejaban pasar la luz... no fue, desde luego, un amor a primera vista; pero en esos momentos no podía permitirme otra cosa y me armé de ganas para hacer de esta casa una amiga.
aquel mes de trabajo y botellónes, mientras limpiaba todo esto y lo llenaba de color, construyendo mi particular parchís. lo dificil que fue dejar la cocina blanca, lo que aprendí sobre alisar paredes, mis rodillas desolladas de frotar y frotar los suelos. toda la gente que pasó por aquí para echarme una mano. lo pasé bien, aunque desde luego curré mucho y casi muero intoxicada entre los efluvios de la legía.
y luego... estas paredes sin esquinas han sido testigo de muchas cosas, muchas buenas, no pocas malas. me han acompañado en mis risas, en mis alegrías, en mis lágrimas, en mis desengaños, en todos los cambios que desde aquel invierno del 2001 ha tenido mi vida. ha visto a gente llegar, a gente quedarse, a gente volver, a gente irse y desaparecer. ha sido silenciosa observadora del divagar de mis días, los buenos y los malos, también de los regulares.
en estos tres años de hacerme algo mayor -que no responsable- ha visto como me quedaba sin luz, sin agua caliente, sin café, sin algo que llevarme a la boca. como aprendía a cocinar, como se me pegaban las lentejas, como me esforzaba -sin mucho convencimiento- por hacer un titánico esfuerzo por mantenerla limpia y ordenada, como a veces vivía y otras -que no pocas- sobrevivía a duras penas.
no ha sido una relación fácil, ya lo sé: esta vieja perra ha asustado con sus viejos fantasmas a amigos y enemigos, me ha dejado congelarme en inviernos mucho más duros de lo que yo había podido imaginar, me ha permitido llegar exhausta con kilos de compra, ha protestado averiandose más veces de las que me gustaría reconocer. sí. pero también me ha dado el mejor regalo del mundo. me dió la oportunidad de saborear mi independencia, de sentirme libre, la tranquilidad que necesitaba para conocerme a mi misma, e incluso llegar a quererme. eso no lo olvidaré nunca.
y por eso, y porque el roce -por complicado que sea- hace el cariño, sé que no la olvidaré nunca.
por eso, ahora que está toda llena de cajas, la miro y atesoro en mi retina todos los recuerdos que me ha regalado, todo lo que he aprendido entre sus paredes.
por eso, ahora, ya vacía... con toda esta alegría se mezcla un toque de nostalgia.