domingo
Hay gente que odia los domingos. Yo no. Bueno no, casi.
En mi lengua, domingo significa calma. Y muchas otras cosas.
Domingo suena a dormir. A arrebujarme bajo el edredon y no levantarme de la cama hasta el minuto en que no sea estrictamente necesario. Aunque ya no tenga sueño.
Domingo viene a sonar como a familia. Es el día que (si mi estado físico y la noche del sábado me lo permiten) voy a ver a mis padres. para contarles como va la vida en un bien, bien, todo bien. Para, como siempre, no contar nada pero escuchar mucho. Para intentar convencer a mi madre de que sí, de que me acuerdo de comer. Para achucar a besos y putaditas a mis hermanos. Para escuchar los problemas de j.a. y decidir, como siempre, que los genes estan vivos. para admirarme de la falta de los mismos de j.c. para volver a pensar que va siendo año de que les cuente a mis padres cierta cosa. Para vover a decidir que todavía es pronto, o que no les importa y contestar a sus preguntas con una sonrisa. Para sentirme un poco mal en ese sentido. Para decidir que son cosas mias y solo mias. También, claro, para escuchar las historias de mi abuela y para que se me encoja el corazón cada vez que pienso en lo pequeñita que esta ya. En cómo pasa el tiempo. En lo que la quiero. La verdad, en lo que les quiero a todos aunque siempre me de pereza ir a visitarles.
Domingo es también comida casera de la que esta buena, buenísma (y no de la que hago yo) y largas charlas de café.
Domingo –y esta es la parte mala, mu mala- también suena a limpia-recoge-sealguienresponsable. Es decir, a poner en orden mi madriguera. Mi particular infierno. Y eso es algo de lo que no quiero hablar. Es la parte que odio de los domingos. No iba a ser perfecto.
Domingo ahora ya, por la tarde, suena a mis cosas. A mis libros, mis pinturas, mi música, mi todo. A mi soledad, a mi cuarto, a mi mundo.
Sí, casi casi puedo decir que a mi me encantan los dos domingos.
Aunque mañana sea lunes y, con el sonido del despertador, se rompa la magia.
En mi lengua, domingo significa calma. Y muchas otras cosas.
Domingo suena a dormir. A arrebujarme bajo el edredon y no levantarme de la cama hasta el minuto en que no sea estrictamente necesario. Aunque ya no tenga sueño.
Domingo viene a sonar como a familia. Es el día que (si mi estado físico y la noche del sábado me lo permiten) voy a ver a mis padres. para contarles como va la vida en un bien, bien, todo bien. Para, como siempre, no contar nada pero escuchar mucho. Para intentar convencer a mi madre de que sí, de que me acuerdo de comer. Para achucar a besos y putaditas a mis hermanos. Para escuchar los problemas de j.a. y decidir, como siempre, que los genes estan vivos. para admirarme de la falta de los mismos de j.c. para volver a pensar que va siendo año de que les cuente a mis padres cierta cosa. Para vover a decidir que todavía es pronto, o que no les importa y contestar a sus preguntas con una sonrisa. Para sentirme un poco mal en ese sentido. Para decidir que son cosas mias y solo mias. También, claro, para escuchar las historias de mi abuela y para que se me encoja el corazón cada vez que pienso en lo pequeñita que esta ya. En cómo pasa el tiempo. En lo que la quiero. La verdad, en lo que les quiero a todos aunque siempre me de pereza ir a visitarles.
Domingo es también comida casera de la que esta buena, buenísma (y no de la que hago yo) y largas charlas de café.
Domingo –y esta es la parte mala, mu mala- también suena a limpia-recoge-sealguienresponsable. Es decir, a poner en orden mi madriguera. Mi particular infierno. Y eso es algo de lo que no quiero hablar. Es la parte que odio de los domingos. No iba a ser perfecto.
Domingo ahora ya, por la tarde, suena a mis cosas. A mis libros, mis pinturas, mi música, mi todo. A mi soledad, a mi cuarto, a mi mundo.
Sí, casi casi puedo decir que a mi me encantan los dos domingos.
Aunque mañana sea lunes y, con el sonido del despertador, se rompa la magia.

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